Biografía

Marlen Schachinger nació en 1970 en Braunau am Inn (Austria), es escritora y profesora de literatura. Estudió Literatura Comparada en la Universidad de Viena y en 2012 obtuvo el doctorado con Premio Extraordinario. Ha publicado en medios tanto nacionales como internacionales. También ha sido editora de varias antologías, como el libro de relatos »Übergrenzen« (Septime, 2015). Ha ganado numerosos premios y reconocimientos, como la beca vienesa para autores (2011), el premio »Floriana« –premio austriaco de fomento de la literatura– (2014) o la beca para mujeres escritoras »Mörderische Schwestern« (2015). Es además directora artística del instituto del Arte Narrativo (Institut für Narrative Kunst), fundado en 2004, en el que imparte talleres de escritura y recepción literaria. Asimismo, es miembre del Departamento de Literatura Comparada de la Universidad de Viena.

Lectura 1

»Intento de una anamnesis« 

Mi traductor: José Anibal Campos

José Aníbal Campos (La Habana, 1965). Licenciado en Filología Germánica por la Universidad de La Habana. Ha traducido, entre muchos otros autores de habla alemana e inglesa, a Uwe Timm, Hans Magnus Enzensberger, Peter Berling, Franz Schätzing, Pascal Mercier, Hans Sedlmayr, Philip Ball, Ingeborg Bachmann, etc. En 1999, fue Premio de Traducción de la República de Austria por la traducción y divulgación de la literatura austriaca contemporánea.

En 2010 ha recibido la beca de trabajo que otorga la Casa del Traductor de Looren, Suiza, a profesionales dedicados a la divulgación de la literatura del país helvético desde cualquiera de sus cuatro lenguas oficiales, en este caso, el alemán.
Esta beca de traducción, que sólo se otorga anualmente a cuatro traductores, además de ser una de las mejor dotadas en el mundo germanoparlamente, es también, junto con las que otorgan el Literarisches Colloquium de Berlín y el Colegio de Traductores de Straelen (Alemania), una de las más prestigiosas en el ámbito profesional de los traductores europeos.


…y sus obras los siguen…

Mario Kamov, escritor, ha basado su exitosa carrera en una farsa: un plagio. Para continuar camuflando su oscilante e inestable talento, sus frecuentes crisis creativas, acepta una plaza universitaria como profesor de Poetología. Con ello pretende mostrar al mundo que es un autor de peso, un escritor que conoce el oficio. Pero uno de sus estudiantes es el hijo de la autora que ha sido alevosamente robada... 

Marlen Schachinger nos presenta con esta novela un trepidante relato sobre la escritura, sobre las vanidades del escritor y sobre los niveles de degradación a que puede llegar un literato cuando sólo persigue la fama, el reconocimiento social, cuando el arte no es sino adorno y medio para conseguir el éxito. 

 

Marlen Schachinger (Braunau am Inn, 1970), es autora de casi una decena de novelas y libros de relatos, y ha sido galardona, por una de sus obras, con el Premio Lise Meitner. Es, asismismo, fundadora y profesora del Institut für Narrative Kunst de Viena.

El fragmento que leerán a continuación lo publicamos con la amable autorización de la editorial Otto Müller, y ha sido tomado de: Schachinger, Marlen, denn ihre werke folgen ihnen nach, Salzburgo, Otto Müller Verlag 2013, pp. 7-10      

 

José Aníbal Campos

 

 

 

I

Abrí el periódico. Entre las noticias culturales, destacado y enmarcado en negro, este pie de foto:

«Ningún tribunal del mundo podría declararme culpable, pero yo soy el responsable de la muerte de Lucas H.». 

 

 

 

II

No, no tengo lo que se dice un problema de escritura. Lo que padezco es una mera desorientación momentánea que se está extendiendo algo más de lo habitual, una breve fase de falta de inspiración, ya que llamarlo de otro modo significaría abrir las puertas al destino, a la fatalidad. Creo en el poder de las palabras; creo que pueden invocar estados que más tarde habrán de presentarse forzosamente, y sí, podría decirse que soy supersticioso, pues conozco bien esa práctica de los actores de escupir tres veces por encima del hombro. 

Estoy buscando un tema que pueda elaborar, abro y cierro páginas de Internet, miro cuadros, fotos, dibujos, pero no encuentro nada que me motive. Tal vez esté buscando, desde hace días, tras la pista equivocada, porque, ¿acaso puede que no me baste ya ningún mero estímulo visual? Me paso, pues, a los cómics, que al menos tienen textos breves, y, como si estuviera revisando galeradas, murmullo los bocadillos en la soledad de la habitación. Eventualmente sería posible empatar tres o cuatro de ellos y crear así una historia muy breve. ¿Por qué no? Sólo que para llenar doscientas cincuenta páginas necesitaría entre setecientos cincuenta y mil setecientos cincuenta cómics, un valor medio, digamos, de mil doscientos cincuenta. Así que, posiblemente, pueda aprovecharse un tercio del texto de varias formas sin que a nadie le llame la atención, ¿no? Valdría la pena intentarlo. Podría llamársele un «tejido intertextual». 

Otro cómic: en éste se ve a tres obispos de pie, con sus barrigas infladas, babeándose, llenos de lujuria, delante de un ordenador. Que no sea una página porno la que les parpadea delante, sino el modelo de una confesión online, no me causa risa: «¡Pobre del que no rece obedientemente su rosario de penitencia, pues será arrasado por infernales virus informáticos!» ¿Dónde está el chiste de eso? ¿O es que estoy demasiado huraño como para reaccionar del modo adecuado? ¿Quién se reiría de algo así? Además, ¿acaso hay de verdad confesiones por Internet?

Tecleo la palabra en el buscador. ¿Quién da la bendición en esta forma de confesarse y cómo? ¿Nos llega la bendición a través del modem? Purificación del alma lograda a base de verbalizar un estado de ánimo que no puede cumplirse, porque apenas dicho ya forma parte del pasado: sé que tengo un bloqueo que me impide escribir, pero prefiero llamarlo de otro modo, y esa falsificación de la verdad es sospechosa, pero me ofrece protección, etcétera, etcétera. ¿Va uno a sentirse mejor después? ¿Quién me dice que tenga que culparla de mi falta de inspiración? Podría inventarme algo apropiado sobre los Diez Mandamientos, robar, mentir, codiciar, a fin de cuentas me arrepiento de mi superstición y de todas sus consecuencias, y la bendición que recibiría tendría que ser demasiado universal… 

Aquí dice que es decisión de Dios dar lo que da y cuándo lo da, que uno solo puede rogar por ello. 

Anotar en lugar de leer en voz alta… ¿Acaso Freud, hoy en día, se contentaría con el correo electrónico para tratar las almas atormentada de sus pacientes? ¿Encierra ello una historia que yo pudiera desarrollar? 

Un ángel pasa volando por la página; su aspecto es bastante kitsch y, por si fuera poco, se oye un retumbar de campanas, como si el tiempo se hubiese detenido desde hace siglos. En una novela, la editorial me marcaría este pasaje, críticamente, como un «cliché». 

Podría probar a ver qué sucede cuando alguien se confiesa de este modo. A fin de cuentas, no tengo otra cosa que hacer. Contarles una historia, a ellos o a él, a un lector solitario, eso no puede ser tan difícil. 

Miro fijamente el campo en el que hay que añadir el mensaje. El blanco rectángulo me mira con reproche. La superficie destinada a añadir la confesión es pequeña. Todo lo que yo tendría que escribir iría desapareciendo de inmediato en la parte superior. Algo tranquilizador. Podría mentir, presentarme como un asesino, un violador, una mujer que ha abortado varias veces. Pero eso implicaría trabajo, tendría que crearle al retrato del personaje un trasfondo biográfico, atribuirle a él o a ella un entorno determinado, y luego, a partir de todo, desarrollar una historia posible; o no, una trama a lo largo de  situaciones verdaderas representaría un menor dispendio de trabajo; no algo «aproximadamente cierto» o «en correspondencia con los hechos», porque, ¿qué es la verdad? 

Jamás habría inventado la historia de un hijo, porque, en ese caso, al describir la figura de la madre, se me cruzaría en el camino la mía propia. Tampoco podría concebir un relato sobre un hermano, porque en ese caso es posible que en él –al principio de manera imperceptible— apareciese mi hermana, y buen día se habría convertido en realidad todo lo que yo había imaginado.  ¡Puede que sea superstición! Pero estoy convencido de que las palabras poseen una fuerza profética, que los acontecimientos se pueden invocar por medio de la palabra.       

Y ésa es, sin duda, la fuente de este bloqueo para escribir que tanto me atormenta: me niego a tratar esto o aquello como tema posible. Imaginaos: escribo sobre un hermano que confiesa que él, a su hermana, la ha… No, ni siquiera me atrevo a pensarlo. Hay una fuerza profética en las palabras, insisto en ello, y jamás podría perdonarme que mi hermana saliera dañada por mi culpa. 

Podría empezar con Markus y con Darian, podría contar acerca de aquella época en que éramos tan jóvenes...